Keep Walking

La poda

Posted in Dark Chest Of Wonders by Martín on febrero 28, 2009

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Llovía copiosamente aquella mañana. El gris del cielo no era de un tono homogéneo, de modo que se tornaba oscuro en algunas zonas al punto de mostrar grandes manchas negras que no dejaban pasar luz alguna.

Debido a esta claridad escueta, esa luz difusa y mezquina, me encontraba en la cocina con las ventanas abiertas y todas las luces encendidas. Por momentos parecía que la tormenta quería entrar en la casa pero se mantenía a distancia gracias a una suerte de hechizo. Un hechizo de tiempo, pensé, porque no es que se le prohibiera entrar definitivamente, es que aún no era el momento.

El puto roble viejo del jardín insistía en cumplir estoico la lóbrega tarea que llevara a cabo desde la primer tormenta que escuchamos con Lucía el día de nuestra llegada, esa que no me dejara dormir tranquilo aquella noche. El techo y los ventanales arañados constantemente, una y otra vez; podía volverse insoportable.

Estaba perdido en estos pensamientos y en la forma de llegar al puente, ahora que no había nadie en las calles de este pueblo del orto, llevando mi carga ¿Cuál sería la mejor forma?¿Llevar todo en una bolsa o llevar varias? La corriente debería ser suficientemente fuerte en cualquiera de los dos casos. Sin embargo la segunda idea me pareció más segura.

En todo eso pensaba cuando me interrumpió el timbre. Este último estaba en corto, sonaba como si agonizara, consumiendo los últimos voltios de una batería inexistente; como una especie de Cuasimodo manco, tullido y sordo, sin energía ni ganas de vivir balanceando una vieja campana sin ánimo, pobre aborto de la naturaleza.

¿Pero quién mierda anda en la calle con éste día? Antes que yo decidiera no atender, insistió. Me asomé apenas al vestíbulo y, capricho del destino, un relámpago dejó ver la silueta del sombrero de paja en la ventana. Estelita, de profesión vieja chota, arpía, mi suegra. Sólo ella, reina e las ideas estúpidas, podía vestir un sombrero de paja con flores en medio de semejante clima.

De ella fue la idea de que dejáramos capital y nos mudáramos aquí, este esfínter anal del mundo (constipado mundo, porque pocas almas viven por estos lares). “El aire del campo les va a hacer bien”, decía. La muy pelotuda ya tenía todo planeado de antemano, a mí no me jode, nunca me quiso. Por eso quería llevarse a “la nena” con ella. El día que llegamos ya había limpiado y había plantado unos rosales alrededor del viejo roble.

Dejé lo que estaba haciendo y le abrí la puerta. Agarré su abrigo, el aberrante y estridente sombrero, y le hice tomar asiento en el sofá del living.

“¡Cómo llora San Pedro, eh!¡Jé!” Además de pelotuda, la vieja era muy religiosa. “Sí”, dije y nada más.

Los rasguños del roble eran constantes y se me hacían más frenéticos en medio de la silenciosa tensión que había entre Estelita y Yo.

“Che, como ralla el techo ese roble ¿No pensaste en podarlo un poco?”

“Pensé”, dije,”pero para podarlo bien tengo que pisar las rosas. No queremos arruinar las rosas…”, comenté (las mierdas de rosas rojas que fueron tu cenutria idea).

“¡Noo, claro!”, dijo ella.

De a poco fue aflojando la lengua viperina. Me contó que estaba preocupada por nuestra situación (la de Lucía y Yo). Que me quería como a un hijo, pero que si el matrimonio no funcionaba, había que cortar las cosas a tiempo. “¿Las Rosas?” interrumpí. “No. Las cosas, Martín, dije las cosas ¿Qué tienen que ver las rosas?”

“Nada, nada. Disculpame.”

Seguí escuchándola como al ruido ambiente. No necesitaba oírla a conciencia, sabía que venía a actuar, a realizar su performance. A tratar de convencerme de que las peleas entre Lucía y Yo debían ser porque no estábamos hechos el uno para el otro.

“Estela”, le dije mientras la miraba a los ojos tratando de encontrar la fuente de su ponzoña, “yo daría mi vida por Lucía. Destrozaría mis manos cosechando espinas por toda la eternidad. Me sometería a los más morbosos flagelos si eso le arrancara una sonrisa. Usted no se preocupe. Nosotros vamos a arreglar nuestros problemas y vamos a seguir adelante ¿Quiere una taza de té?”

El segundo que demoró en contestar pareció infinito. Sus ojos se movían de un lado hacia otro. Trataba de resistirse a la idea de lo que le había dicho. Hasta que por fin claudicó. Se dió cuenta de que acababa de perder otra batalla. Pero no se alteró, pensando seguramente que aún quedaban muchas por pelear.

“Bueno, un té calentito me va a venir bien. Ponele tres cucharaditas de azúcar por favor”. La bruja rebalsaba dulzura.

Calenté un poco de agua. Cuando hirvió la volqué sobre un saquito de té de manzanilla. Busqué la azucarera. Quité la cucharita de los dedos fríos y azules de Lucía, y mientras revolvía la infusión me quedé mirándola. Pálida, helada, hermosa. Un par de días antes me había dicho: “¿Y si cortamos las rosas? Digo, así podemos podar el roble de una vez”. Curioso recordarla entera, ahora que sólo era un torso con cabeza.

“¡Claro!” pensé. “¡Pero qué estúpido!¡Primero había que cortar las rosas!” Era obvio. Como una de esas cuestiones que son evidentes y que, eventualmente, se te pasan. Pero cuando finalmente las ves te golpean de frente como un colectivo sin frenos.

Cuando volví al living, Estelita me miró desorientada. “¿Y el té?”, preguntó. “No Estelita, nada de té. Me acabo de acordar que debía sacar las rosas”.

“¿Cómo?¿Ahora?¿Con esta llu…”

¡PLANK!

La pala de punta le dió vuelta la cara. Fue un golpe seco, decidido.

La cabeza quedó hacia abajo, justo donde se juntan el asiento, el respaldar y el apoyabrazos, como buscando un centavo de austral con los dientes. El brazo izquierdo levemente doblado sobre la espalda con la palma de la mano hacia arriba. Las piernas estiradas en un ángulo impreciso. Ridícula hasta para morirse la muy puta.

Me tenía podrido con el cuento ése de la sangre azul de la familia, pero lo único que quedó en el sofá fue un salpicré rojo rancio.

Afuera seguía lloviendo. Ya no escuchaba el roble. Debía apresurarme con las bolsas si quería llegar al puente a tiempo.

Grow Grow Grow – P.J. Harvey
https://vat69.files.wordpress.com/2009/02/grow-grow-grow-pj-harvey.mp3%20

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