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Después de las fiestas

Posted in cine, Diario, Literatura, Música by Martín on enero 7, 2010

Según algunos programas de televisión, la sensación térmica rondó los cuarenta y siete grados el martes, aquí en la capital santafesina. Puedo dar fe del dato, ya que anduve por las calles a pie desde el mediodía. Dirán que yo elijo los días para guardar la moto. Pues no, es que desde hace unos meses se me dio por caminar más y contaminar menos, además de agregar algo de ejercicio (por mínimo que este sea) a mi rutina. No obstante, hay que tomar las precauciones del caso. En mis idas y venidas compré al paso tres botellitas de agua mineral de diferentes marcas.
Los empleados afortunados que gozan actualmente de sus licencias veraniegas, tirados bajo el aire acondicionado, en alguna pileta, o bien en alguna que otra playa en el vecino país de Lula, serán blanco de sanas e insanas envidias. No de las mías, a mí no me cuadra mucho la alegría brasileña, prefiero irme al Bolsón a fumar algo con Calamaro.
Hará cuestión de una o dos semanas terminé Ensayo sobre la lucidez, de Saramago. Lindo libro. Quiso la suerte (la mala, probablemente) que al comienzo de la lectura de la obra me topara en los medios de comunicación con el trágico (y ridículo) caso Pomar. No pude evitar establecer un paralelismo entre la falta de autocrítica de los medios, la que se daba en la ficción y la que mostraba la realidad, parecía estar asistiendo a una suerte de predicción elaborada por el autor que anticipaba la execrable labor periodística de nuestros días. En ambos casos, ningún cronista se hizo responsable de la parte que le correspondía en el circo estúpido que nos embestía con marejadas de conjeturas, cuando desayunábamos, cuando almorzábamos, cuando cenábamos, etc. La confianza de este lector y ocasional televidente ya había mermado bastante hace años, con esto queda sellado mi paso a un escepticismo absoluto.
El calor me pone de mal humor, pero no voy a repetir el artículo catártico de todos los veranos, los que me conocen sabrán que prefiero perderme en un tugurio oscuro y frío antes que amontonarme a sudar por el sólo hecho de hacer sociales. Así que, nos vemos en otoño :D
Anoche me entregué al placer de la bebida y el cine, Heineken de por medio me puse a ver Inkheart (corazón de tinta), una película protagonizada por Brendan Fraser, quien últimamente nos tiene acostumbrados al cine de aventura y fantasía. No pude evitar sentirme nuevamente un niño. El film me puso en contacto con ese mundo en el que crecí, con mi solitaria niñez rodeado de libros de aventura. Mi viejo tenía una vasta cantidad de obras que conformaban la colección Robin Hood, esos libros de color amarillo que contaban las aventuras del príncipe Valiente, del niño de la selva, Robin Hood claro, y tantísimos más que junto con otras novelas, enciclopedias y diccionarios llenaban nuestra biblioteca.
La casa de mi abuela también tenía una biblioteca, incluso más grande que la mía. Por estas y aquellas razones yo de pequeño tenía la certeza de que la biblioteca era una parte esencial de cualquier hogar. Caí en la cuenta de mi error con el tiempo, luego de visitar distintas casas y comprobar, incrédulo, que la biblioteca no estaba allí.
¿Cómo se construye la imaginación sin la lectura?
Las generaciones futuras nos entregarán la respuesta. Mientras tanto nos queda la esperanza, o la súplica a la industria del libro para que abrace las nuevas tecnologías de forma menos traumática que la de la música.
Es paradójico, justo cuando me dispongo a echar una cana al aire y me preparo para ver a Metallica en el Monumental, se me da por llenar el teléfono con temas de Dave Matthews y su banda. Es que de viejo uno se pone gagá sentimental, como Ozzy Osbourne. Tal vez no sea la edad. Es muy probable que esté relacionado con un mecanismo de defensa espiritual. Porque, seamos sinceros, estos últimos meses nos han bombardeado con tanta basura (remitirse a párrafos anteriores) y tanto exhibicionismo sebáceo (grasa, para los amigos taringueros), que relajarse con un poco del jazz-rock de esta banda oriunda de un pequeño pueblo de Virginia, con sus historias de satélites y bartenders, no viene nada mal. Un bálsamo acústico entre tanto ruido.

Satellite – Dave Matthews Band




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