Keep Walking

Camino al trabajo

Posted in Diario by Martín on febrero 21, 2010

Generalmente camino un trecho muy corto (media cuadra) por Eva Perón hasta 9 de julio. Sí, es una desgracia vivir en una calle que termina en “Perón”, pero en Argentina todas las calles tienen algo que ver con Perón, muy a pesar mío, que no me interesan más las alpargatas que los libros y me cago en los caudillos populares.
A las esquinas céntricas de calle 9 de julio es mejor tomarlas por la vereda oeste, pero no sé por qué siempre termino caminando por la margen este, entreverándome a los bolsasos entre los montones de personas que esperan los colectivos (porque son montones, no son filas como deberían).
Últimamente, debido al crecimiento caótico del tráfico en el micro centro, se han dispuesto agentes de tránsito en los principales cruces de la zona. Si bien respeto religiosamente las señales de dichos agentes, no puedo evitar quedar, de tanto en tanto, a milímetros de algún parachoques que dobla sin dar el debido aviso con la luz de giro, cosa que considero enervante y hasta llego a dar algún que otro golpe sin hacer mella en la chapa mas sí en el ánimo del energúmeno soez y pedante que se cree por encima del estado de derecho y comete la soberbia falta delante de las autoridades, quienes (por miedo, por educación defectuosa o vaya uno a saber por qué) siguen sin imponer las multas que el conductor santafesino se merece, porque soy de los que creen que las penalizaciones son demasiado indulgentes cuando uno maneja un ladrillo de 2 toneladas en una zona urbana. A esto hay que sumarle el descaro con el que la mayoría de mis precolombinos coterráneos se pasa por el traste las marcas de estacionamiento. Está muy bien que el señor intendente incremente la recaudación del municipio cobrando los aranceles de aparcamiento que se le dé la gana, pero a mi entender, el estacionamiento por estas manzanas debiera estar vedado por completo y no a medias.
Casi siempre paso por la senda de la Paza San Martín (el San Martín santafesino, ese que se tomó un fernet con coca y tiró el caballo al río Paraná, si se tiene en cuenta su decidido dedo apuntando al este). Cariñosamente he apodado a este espacio verde “la rompetobillos”, pasar por allí equivale a jugar 150 partidos de paddle en menos de dos minutos. A medida que uno camina, el pie va dibujando ángulos inverosímiles. Nunca sabré si esas piedras estuvieron alguna vez derechas, o las hicieron así a propósito.
Los días de tormenta son particularmente problemáticos. En épocas anteriores creo recordar la proliferación de toldos de diferentes formas (rectos, inclinados, redondos en algunas ventanas angostas), pero actualmente las líneas estériles de la edificación contemporánea me privan de cualquier refugio posible. La sensación de desprotección es abrumadora, sobre todo en esos momentos en que la lluvia me sorprende a escasas dos cuadras del trabajo, es ridículamente catastrófico empaparme por dos cuadras de morondanga, cuando recorrí completamente seco la mayor parte del camino. Los paraguas no sirven, en las esquinas del sur el viento doblega su rigidez y los mueve de un lado a otro como porras de cotillón.
En mi afán por esquivar las oficinas externas de la administración, a fin de evitar reclamos demasiado temprano, sigo siempre derecho por la misma calle hasta toparme con la avenida General Lopez. Un par de cuadras antes paso por un triste lugar, la escuela de policías (a la que mis delirios matinales han denominado “Escuela de Robocops”). Me río por dentro cada vez que paso, a veces por enfrente, a veces por delante de las mismas puertas en las que comienza la hilera de la demencia. Entonces me invade el desconsuelo de estar ante un signo emergente de una sociedad en decadencia. Debo ser franco, no me gustan los policías. En una sociedad perfecta, la Policía sería un organismo obsoleto. En mi mundo perfecto las armas no existen y los soldaditos de juguete son iconos demoníacos que ningún niño debe tocar jamás ¿Qué educación debe tener una persona que porta un arma?¿No debería ser al menos la persona más sabia e ilustre del planeta? No veo sabiduría en esas caras, no percibo erudición en esas voces y no me tranquiliza saber que en poco tiempo alguien dará el visto bueno para que patrullen mis calles. No tengo problemas con la autoridad, para nada, simplemente no me gusta la gente que anda por ahí queriendo normalizar el mundo a punta de pistola.
Llegando al fin de mi recorrido paso delante de Tribunales. Si la fila formada ante la escuela de policías es indicador de una sociedad en decadencia, la entrada a Tribunales es la viva imagen de un país que se va a pudrir consumido por las moscas del gasto público. Los convoys de colectivos no hacen más que descargar en forma constante y por aproximadamente media hora contingentes de trabajadores de toda índole cuya última función (más allá de las magistraturas y las credenciales que esgriman en su defensa) es llenar más estantes con más papeles. Soy informático, ver el baboso, soporífero, innecesariamente complejo flujo de la información en la administración pública me desespera a sobremanera. Es algo a lo que no me acostumbro, y pasa delante mío hace casi cuatro años.
Arribo finalmente a mi oficina, y en media hora empiezo a recordar que tengo que sacarme de encima de una vez por todas la atención a usuarios y los caprichos infantiles de las secretarias. En mi oficio ya tengo edad y currículum para ser Senior y debería estar reclamando mejoras laborales, pero me gusta la administración de sistemas (aunque el plan de trabajo que obedezco me deja muy escaso tiempo para entregarme a ello) y me gusta la gente con la que comparto tales tareas, así que seguiré haciendo el mismo recorrido, día tras día, hasta que la suerte quiera otra cosa. Aunque, pensándolo bien, después de semejante informe de inteligencia quizás convenga cambiar de ruta para evitar un linchamiento público.

Save Me – Dave Matthews




Tagged with: ,

No voy a hacer declaraciones

Posted in Diario by Martín on octubre 22, 2009

puenteArduas tareas me han mantenido ocupado estas semanas como habrán notado. Si a esto le sumamos una completa carencia de musas y le agregamos un poco de haraganería, bien puede explicarse mi ausencia por estos lares, incluso para tirar unas líneas al aire sin sentido alguno, como me dispongo a hacer ahora mismo (y aquí supongo que muchos irán cerrando el navegador, o redirigiendo su búsqueda a bitácoras más suculentas).
No les conté que hará unos once días estuvo el kana de visita por Santa Fe. Asistí sin poner excusas a todos los encuentros que se produjeron ya que pocas veces al año cuento con tan grata compañía. El nikkei en cuestión está bastante embebido ya en los aires porteños, gracias a ello pudimos exponer nuestras opiniones sobre temas de actualidad (porrón mediante) y confrontar ideas y sensaciones cada uno haciendo las veces de embajador de sendas capitales. Agustín estaba contrariado, le habían llamado gorila, y si bien es un tipo bastante peludo, desde el punto de vista ideológico no merece llevar tan obsoleto apodo. Esta experiencia me hizo llegar a entender un poco más de cerca las razones que exponen los habitantes de Capital Federal y, a su vez, yo traté de acercarle algunos puntos de vista que he recolectado de la gente del interior de esta gran bota (Santa Fe tiene forma de bota, por eso es fácil de encontrar en los mapas políticos, de las provincias sin forma no me acuerdo nunca). Los argentinos se pueden entender simplemente dialogando, en una mesa de café o en una ronda de cerveza, es imprescindible que no haya demasiado bullicio; un local bailable, por ejemplo, no es propicio para estas prácticas si bien es muy prometedor en comas alcohólicos, palizas de patovicas y probables actividades venéreas.
El domingo a la tarde decidimos sacar a pasear el nuevo artilugio mágico, la cajita para robar almas, una flamante Nikon D60 adquirida por Agustín. Así que me preparé una mochila con los elementos indispensables para la expedición: un mate, una bombilla, yerba y termo con agua caliente. Aquí me dejo caer en la tentación de expresar una grosería, la sombra del japonés parecía una seria insinuación fálica, dado el largo de las correas, el tamaño del objetivo y la escasa estatura del portador. Yo creo que más de uno habrá mirado dos veces y alguna que otra señorita habrá sido víctima de un triste desengaño.
Entre charlas, mates, clicks y otras cosas se pasó la tarde, que nos agarró ya oscureciendo por la Universidad Tecnológica. Hoy chateando con él me dijo que yo necesitaba minas. Más allá de la perspicacia del lector, la frase viene a colación de un viejo furcio que cometí en la librería de la facultad, unos cuantos años atrás. Resulta que me atendió una morocha que trabajaba en dicho negocio:

Flaca: “¿Qué necesitás?”
Yo:“Minas”
La convicción con la que lo dije probablemente pasó por lujuria, porque inmediatamente la muchacha me espetó todo su repertorio de carcajadas en la cara. El incidente quedó entre las historias de viejos compañeros. Yo no encuentro razones para semejante alharaca, peor hubiera sido especificar la consistencia del grafito. Podría haber dicho “Quiero minas blandas”, en cuyo caso la inescrupulosa detrás del mostrador podría haber interpretado que la desesperación me inclinaba hacia las facilongas.
No soy un tipo de costanera, debo reconocerlo, y al principio creí que mi rechazo estaba justificado cuando pasamos al lado de varios estultos que estaban cumpliendo el sueño santafesino entre el faro y el puente colgante. Este delirio onírico, que para algunos es la máxima aspiración que se puede tener en la vida, es un pariente bastante deforme del sueño americano. El sueño santafesino es comprar un autito, ponerle unas etapas de potencia, unos parlantes estridentes y enchufarle un pen drive con 458 temas de Leo Mattioli en formato mp3 comprimidos a un bitrate de 62 Kbps. Para colmar la paciencia, llega siempre un compadrito que se cree el salvador del pueblo, y conservando la pose, mostrando su estirpe de coreógrafo de tarima, te pone un peugeot al lado, con la misma resultante en lo que a calidad de sonido se refiere, pero con una colección de esos temas que ponen los DJ en los pocos boliches que he visitado (siempre bajo amenaza de desabastecimiento etílico y con promesas de amaneceres dulces) con una clara intención de inflamarme las gónadas.
No comparto el sueño del lugareño, aunque no por eso soy menos santafesino. A mí los autos no me llaman tanto (mucho menos Leo Mattioli). Es que a diario veo los embotellamientos en el centro-sur de la ciudad y la idea de tener un auto se me hace bastante estúpida. Veo un plano de Santa Fe completo y la idea me sigue pareciendo poco justificada, más aún teniendo en cuenta los gastos de mantenimiento del vehículo. Yo prefiero vivir en un lugar en donde pueda llegar caminando a todos lados y, a decir verdad, con un sistema de transporte más o menos bien pensado, Santa Fe puede recorrerse de punta a punta sin consumir demasiado tiempo ni dinero. Claro que exponer estos razonamientos al sindicato de transporte bien puede costarnos la cohesión de los huesos del cráneo.
Para terminar, debo declarar que este weblog rechaza rotundamente las propuestas maradonianas. Si el señor quiere una felatio, que la pague como todo el mundo, que a él no le cuesta nada. Antes claro, deberá recuperar el miembro que se llevó puesto aquel periodista del canal América.


La Fernández Fierro en Santa Fe

Posted in cultura, Diario, Música, Sociales, Videos by Martín on septiembre 1, 2009

ffierro

A principios de este año y por motivo de una mudanza en trámite, entre otros, me la perdí a Alanis Morissette en su visita a la Argentina. Desde ése momento me prometí no perderme más un espectáculo por pereza, o por lo menos no perderme la mitad de las presentaciones que prometí no perderme (y ya me estoy enredando mucho).

Con esta consigna en mente me fui a Buenos Aires a ver a Aimee Mann, recorrí unos cuantos lugares y me volví para Santa Fe.

A pocos días de mi regreso me topé fortuitamente con un letrero publicitario de esos que pegan en el frente de las obras en construcción que anunciaba la presencia de la Fernández Fierro en el ciclo Los Lunes del Paraninfo, que organiza el foro cultural de la UNL.

Gracias, de nuevo, al amigo Kana yo ya había leído algo respecto de esta orquesta típica, y había visto algún que otro video que ciertos aficionados publicaron en la web.

Me acerqué a comprar la entrada que, para mi sorpresa, fue otro gran hallazgo ya que asistir a un espectáculo así por veinte mangos es una ganga.

La orquesta esta compuesta por tres violines, una viola, un violoncello, un contrabajo, cuatro bandoneones, un piano, y la voz de Walter Laborde.

Agustín me había comentado que la orquesta estaba muy buena y, a mi entender, puede incluso haberse quedado corto.

Cuando llegué, esperé un rato afuera con pocas esperanzas de encontrar a alguien conocido. Grata sorpresa me llevé al ver que llegaban Germán, el Javi y su novia, y que sus padres ya estaban dentro, reservando unos cómodos lugares en segunda fila. Así que con localidades colmadas y asientos sin numerar, entrando sobre la hora, conseguí una ubicación magnífica.

Me pareció ver de vez en cuando una que otra gota de sudor perdiéndose en los pliegues de algún fuelle, símbolo de la euforia y el frenesí que estas personas ponían en cada nota. Y a ése ritmo se mantuvieron hasta el final.

El grupo intercaló temas meramente instrumentales, con otros cantados por el Chino Laborde, un personaje que según concluimos después parecía ser una mezcla entre el Piti Alvarez y Miguel Abuelo.

Sabemos que puritanos y directores técnicos abundan en esta nación futbolera, y alguno que otro expresó a la salida cierto desacuerdo con la performance del Chino. Lo cierto es que sin él, según lo veo yo, el espectáculo carecería de alma. El chino es el que canta, el que actúa, el que tiene algún que otro arranque de locura extravagante entre las letras del tango, y es el que aviva al público cuando se sume en la contemplación pasiva.

Y, por cierto, es la cara de una orquesta que de típica sólo tiene los instrumentos.

Para mí el espectáculo fue impecable en todo sentido y no sólo en lo instrumental como opinan algunos fruncidos. El tango es de arrabal, pibe, no esperes encontrar a Luis Miguel engominado y perfumadito pateando estos tablones.

Las fotos me salieron horribles, aunque no lo crean estando en segunda fila salieron llenas de cabezas. Igualmente, a modo de testimonio, subí un par en un álbum de picasa.

Un videíto bastante viejo, a modo de compensación:

Cumpleaños de un pibe cambiado

Posted in Blogudeo, Diario, Sociales by Martín on agosto 29, 2009

cumple-1

La mutación en el carácter de mis amigos es directamente proporcional al nivel de compromiso que hayan asumido con la fémina de turno. Esto es lógico, dirán, y agregarán que es lo mismo que les pasa a todos.
Aún así no llegarían a entender muy bien a lo que me estoy refiriendo, porque ustedes acusarán a las novias de los pavotes de sus amigos como instigadoras de traiciones, como brujas maquinando algún oscuro sortilegio sobre lo que otrora fue un estúpido feliz, despreocupado y sin responsabilidades.
Bueno, no es éste el caso, así que si son de los que piensan de esa manera, ni se molesten en seguir leyendo. Cierren la página y vayan nomas a jugar con algún balón ovalado.
Maxi era un tipo que si entraba al boliche, se quedaba hasta las ocho de la mañana sólo porque había pagado el ingreso y había que hacer rendir cada centavo. No conforme con eso, para justificar aún más la erogación de ese mísero monto de capital, se abalanzaba con intentos de cortejo sobre cuanta niña se aproximara a una distancia de unos cinco o seis metros a la redonda.
Salir a las ocho de la matina de un local bailable (está bien que a nosotros no nos hacen bailar ni de colimbas, pero estar parado toda la noche tiene un precio) implica responder también, y si el hígado lo permite, a la demanda de reposición de nutrientes que el estómago nos comunica.
Las glándulas salivales producen cantidades exuberantes de líquido ni bien el olor a las hamburguesas hechas con carne de quién sabe qué mamífero llega a nuestras narices.
Aquí también se notaba el carácter austero (podríamos llamarlo amarrete, aunque yo prefiero decir que Maxi era un tipo de gastos necesarios y sólo necesarios) de nuestro compañero. Porque no era cuestión de parar en el primer carribar que se nos apareciese, no señor, primero veamos qué nos ofrecen y por cuánto dinero, si nuestra condición etílica nos permite realizar tal análisis claro. Y sólo luego de ello, nos decidíamos por uno de los “servicios de cátering al paso”, que a lo sumo tendría las mismas ratas que el de al lado, pero a un precio razonable.
Así éramos todos, para qué les voy a mentir, pero el que nunca perdió esta iniciativa siempre fue nuestro viejo amigo Maxi, que más de una vez ha salvado las billeteras de los muchachos.
Imaginen mi sorpresa cuando el pibe en cuestión decide celebrar su cumpleaños en La Citi (sí, está mal escrito, pero se llama así), para rematar la noche con unas partidas de Bowling en Stroker (local convenientemente ubicado a la vuelta de mi casa).
Convengamos que la cena no salió tan cara, pero tampoco estuvo regalada. Hasta me atrevería a decir que quedó propina, y esta vez fue voluntaria, no como ése peso que Emiliano todavía reclama cada vez que pasa por la puerta del ex Potrero, local cerrado ya hace tiempo.
En fin, el muchacho está cambiado. Los muchachos todos están cambiados. El público femenino exige esfuerzos a la altura de las circunstancias. Y las que no conocen a mis amigos como los conozco yo, deberían saber que no han logrado poco. Así que, como dicen los Yankees “Don’t Push It” :D

*Algunas imágenes en picasa

Visita porteña por dos

Posted in Blogudeo, Diario, Sociales by Martín on mayo 26, 2009

Big in Santa Fe

El lugar estaba pintado de un color repugnantemente bostero, pero nadie se percató de eso. Le habíamos dicho al Kana, que estaba empecinado en comer en el bar El Parque, que las milanesas tenían gusto a cucaracha. “No importa”, dijo. “Pero mirá que están hechas de cucarachas”. Igual insistió, así que allí nos reunimos para conmemorar su arribo a la patria santafesina.

Para contrariar mi aversión fingida (yo voy a El Parque todos los meses), no nos atendieron mal. Me sorprendió la cantidad de gente que resultamos ser esa noche de sábado que, para desgracia nuestra y acorde a estas fechas (que deberían ser otoñales), el bar no había puesto mesas en el cantero central de Avenida Freyre.

Para romper el hielo (y no por torpeza como muchos sospechan) me tomé el trabajo de sacrificar un liso y destrozar un vaso. Así, de guapo, caudillo y mártir que soy me presenté ante la novia de Esteban que desde el lugar de enfrente casi derramaba lágrimas por tal gesto de valentía mientras otros lloraban el liso caído ¡Viva la Patria Carajo!

La ocasión se prestó para reencontrarse también con viejos amigos de porrones (fernets, vodkas, whiskys, rones, gin tonics, y algunos tragos de consistencia barrosa).

Recordamos viejas anécdotas como hacemos siempre, pero esta vez nadie planteó revoluciones ni quiso cambiar el mundo. Nos estamos poniendo viejos.

La reunión me permitió por fin conocer a Sisí, la señora de Maxi, que calculo a estas alturas no se habrá sorprendido de nada (o al menos eso espero; le habrán avisado que con dos lisos nomás ya me empiezo a ir de boca).

A Marina se la ve mejor, como le pasaría a cualquiera que salga del agujero del infierno público, y la pareja está feliz.

Angie estuvo bastante contenida, yo le dije a Eugenio que la pongamos en un carrito con un chaleco de fuerza y un bozal, pero primó el sentido común y la dejamos pasear su posesión demoníaca por el local.

La pareja de nikkeis abrazados se me antojaba una suerte de muñequitos de torta, quizá por su reducida estatura, pero hasta ahí nomás llega la similitud porque los muñequitos de torta son como una mueca estúpida del destino y estos dos de estúpidos no tienen nada.

Así de viejos estamos, tanto que pasamos por la Prócope y nos sampamos un par de cuartos de helado. Si hubiera adivinado este futuro en las noches de La Llave, me hubiera tirado adelante del colectivo de la línea 16 ahí nomás, en la esquina de Boulevard Galvez y Mitre.

Aunque algunos se mantienen estoicos y sin claudicar al achanchamiento artesanal de los helados más caros de Santa Fe (como es el caso de Lucas y señora, y también de Nacho y Lautaro que supieron calcular dos fernet con coca por cada 250 Grs. de helado), los demás ya dimos el brazo a torcer y nos codeamos con la pequeña burguesía familiar de la capital.

Para finalizar esa noche, sólo quedamos cinco (el Kana, Valeria, Lautaro, Nacho y yo) que no pudimos resistir la tentación de pasar unos melancólicos minutos en el querido Kusturica (uno de los pocos reductos que quedan de su tipo, y siempre de mi agrado).

Cada vez más lerdo para la cámara, el registro gráfico de mi parte ha sido escaso, pero si quieren espiar el pasado cercano, tengan a bien darse una vuelta por el escueto álbum que puse en Picasa.

Algunas cosas me rompen las bolas

Posted in Blogudeo, Diario by Martín on enero 11, 2009

uwpodMe rompe soberanamente las bolas devolver favores.
Soy una persona tan terríblemente orgullosa que prefiero no formar parte de ningún círculo de favores que pueda formarse en torno a cualquier situación. He preferido responder mal una pregunta en un exámen antes que levantarme a preguntar qué mierda habían querido poner con ésa pésima redacción que tiene la gente que se dedica a las materias básicas.
Es en el momento en que se me pide un favor y recuerdo que estoy en deuda con esa persona cuando más me exaspero. No soporto verme obligado moralmente a responder que sí.
No me importa que me deban favores y, en general no llevo la cuenta de los que me deben tanto como de los que debo. Por el sólo hecho de no cargar con una deuda más (por mínima que esta sea) a veces me veo obligado a llevar a cabo minúsculas proezas que rayan la ridiculez.
Es increíble que sea tan estúpidamente orgulloso y, peor aún, que a pesar de plantearmelo una y otra vez lo siga siendo.
A veces, en vez de preguntar a alguien cómo se hace tal o cual trámite, me veo enredado en una maraña burocrática, un puzle que me toma días o semanas desenmarañar, cuando preguntando lo hubiera hecho en horas.
En fin, la autocrítica no tiene por qué ser constructiva. Hay cosas que a los 31 pirulos no voy a cambiar, le pese a quien le pese.
Otra cosa que me rompe las pelotas es el tipo que agita en la fila.

(más…)

Seguir

Recibe cada nueva publicación en tu buzón de correo electrónico.

%d bloggers like this: