Composición
Tema: La palmera.
Alumno: Carlitos.
Año: 8 y chirolas 4º B
La palmera es una planta sencilla, lo único que quiere hacer es irse para arriba. No tiene ramas como el ceibo. Mi papá dice que a la palmera no le importa si uno tiene sombra para tomar mate, es una planta egoísta e inútil. Mi mamá piensa que la palmera es una cuestión de status, que no sé qué quiere decir. Entonces ella me explica que Clarisa, la vecina que se casó con un arquitecto se hizo un patio con una pileta enorme y puso palmeras por todos lados para que los demás sepan que tiene plata. Las palmeras me dan mucho calor en verano, a mí me gustan más los ficus que son más frondosos y frescos. Según mi maestra de biología, la palmera es un árbol perenne, o sea que no pierde las hojas en otoño. La palmera no cambia, sigue igual de aburrida todo el año. Mi tío Juan dice que la palmera es incapaz de renacer y que para el viejo Zarathustra sería un árbol tristísimo.
Mi primo José dice que la palmera se fuma, pero mamá dice que no me junte mucho con José porque es medio degeneradito. El primo Esteban, en cambio, es un tipo centrado. Está estudiando diseño y dice que las palmeras son decorativas y que no interfieren con la vista. Yo le dije que si uno se para bastante cerca de la palmera igual no ve nada y que desde donde yo la veo, adorna lo mismo que un poste de luz.
El tío Pancho, que es Técnico Constructor dice que las palmeras son buenas porque no tienen raíces para levantar las baldosas. El primo José, que justo venía de fumar en el fondo, le contestó que la palmera no tiene raíces porque es un árbol sin memoria, no sabe de dónde es ni de dónde viene y por eso le da lo mismo que la planten en cualquier lado, no tiene historias que contar, que es lisa y llanamente una porquería.
Cuando sea presidente voy a proscribir las palmeras. Proscribir es una palabra que usa mucho mi abuelo, igual que próstata. Significa prohibir. Lo que pasa es que el abuelo está enojado porque el vecino taló una palta para poner una palmera y ahora no puede comer más los frutos que encontraba tirados de nuestro lado del patio. A mí también me gustaba la palta, le habíamos colgado una hamaca de rueda de camión. No se le puede colgar nada a una palmera. Es como si la palmera no quisiera jugar con uno.
La tía Eulogia dice que en miami se usan mucho las palmeras, no como acá. Pero cada vez que sale con eso, mi papá le dice que por qué no se compra un pasaje a miami y no vuelve más. Entonces la tía se amarga. Papá dice que la tía es amargada porque está soltera. Pero yo estoy soltero y no soy amargo, tengo las lágrimas saladas y los pies con olor a queso y dulce de batata.
Mi amigo Pedro sacó el ombú que tenía delante de la ventana de la habitación y puso una palmera. Ayer nos pusimos a jugar al ludo y el sol me partió la cabeza. Yo le pregunté ¿por qué no ponés una persiana en esa ventana? Si seguimos acá se nos va a caer el pelo, le comenté. Entonces la mamá de Pedro me dice que las persianas no son estéticas, pero que van a poner un aire acondicionado de 4000 frigoríficos. Yo calculo que prender ese aparato debe ser como matar 4000 vacas. Para mí era más fácil dejar el ombú. Además, así no se puede andar en calzoncillos por la pieza. Es un árbol alcahuete la palmera.
No me gusta la palmera, pero la prima Eugenia que se viste muy bien ( y muy caro según papá) me dice que están de moda y que por eso las están poniendo en todos lados. A la moda le importa un cuerno el calor, por eso la gente de moda se junta a transpirar en la playa.
Es difícil escribir quinientas palabras sobre la palmera porque no tiene muchos detalles. Es como un palo con un penacho en la punta. Cuando crecen mucho uno no puede enterarse si sopla viento.
Eso es todo lo que tengo que decir de la palmera.
Buenas tardes.
| Take care of all my children – Tom Waits |
No voy a hacer declaraciones
Arduas tareas me han mantenido ocupado estas semanas como habrán notado. Si a esto le sumamos una completa carencia de musas y le agregamos un poco de haraganería, bien puede explicarse mi ausencia por estos lares, incluso para tirar unas líneas al aire sin sentido alguno, como me dispongo a hacer ahora mismo (y aquí supongo que muchos irán cerrando el navegador, o redirigiendo su búsqueda a bitácoras más suculentas).
No les conté que hará unos once días estuvo el kana de visita por Santa Fe. Asistí sin poner excusas a todos los encuentros que se produjeron ya que pocas veces al año cuento con tan grata compañía. El nikkei en cuestión está bastante embebido ya en los aires porteños, gracias a ello pudimos exponer nuestras opiniones sobre temas de actualidad (porrón mediante) y confrontar ideas y sensaciones cada uno haciendo las veces de embajador de sendas capitales. Agustín estaba contrariado, le habían llamado gorila, y si bien es un tipo bastante peludo, desde el punto de vista ideológico no merece llevar tan obsoleto apodo. Esta experiencia me hizo llegar a entender un poco más de cerca las razones que exponen los habitantes de Capital Federal y, a su vez, yo traté de acercarle algunos puntos de vista que he recolectado de la gente del interior de esta gran bota (Santa Fe tiene forma de bota, por eso es fácil de encontrar en los mapas políticos, de las provincias sin forma no me acuerdo nunca). Los argentinos se pueden entender simplemente dialogando, en una mesa de café o en una ronda de cerveza, es imprescindible que no haya demasiado bullicio; un local bailable, por ejemplo, no es propicio para estas prácticas si bien es muy prometedor en comas alcohólicos, palizas de patovicas y probables actividades venéreas.
El domingo a la tarde decidimos sacar a pasear el nuevo artilugio mágico, la cajita para robar almas, una flamante Nikon D60 adquirida por Agustín. Así que me preparé una mochila con los elementos indispensables para la expedición: un mate, una bombilla, yerba y termo con agua caliente. Aquí me dejo caer en la tentación de expresar una grosería, la sombra del japonés parecía una seria insinuación fálica, dado el largo de las correas, el tamaño del objetivo y la escasa estatura del portador. Yo creo que más de uno habrá mirado dos veces y alguna que otra señorita habrá sido víctima de un triste desengaño.
Entre charlas, mates, clicks y otras cosas se pasó la tarde, que nos agarró ya oscureciendo por la Universidad Tecnológica. Hoy chateando con él me dijo que yo necesitaba minas. Más allá de la perspicacia del lector, la frase viene a colación de un viejo furcio que cometí en la librería de la facultad, unos cuantos años atrás. Resulta que me atendió una morocha que trabajaba en dicho negocio:
Flaca: “¿Qué necesitás?”
Yo:“Minas”
La convicción con la que lo dije probablemente pasó por lujuria, porque inmediatamente la muchacha me espetó todo su repertorio de carcajadas en la cara. El incidente quedó entre las historias de viejos compañeros. Yo no encuentro razones para semejante alharaca, peor hubiera sido especificar la consistencia del grafito. Podría haber dicho “Quiero minas blandas”, en cuyo caso la inescrupulosa detrás del mostrador podría haber interpretado que la desesperación me inclinaba hacia las facilongas.
No soy un tipo de costanera, debo reconocerlo, y al principio creí que mi rechazo estaba justificado cuando pasamos al lado de varios estultos que estaban cumpliendo el sueño santafesino entre el faro y el puente colgante. Este delirio onírico, que para algunos es la máxima aspiración que se puede tener en la vida, es un pariente bastante deforme del sueño americano. El sueño santafesino es comprar un autito, ponerle unas etapas de potencia, unos parlantes estridentes y enchufarle un pen drive con 458 temas de Leo Mattioli en formato mp3 comprimidos a un bitrate de 62 Kbps. Para colmar la paciencia, llega siempre un compadrito que se cree el salvador del pueblo, y conservando la pose, mostrando su estirpe de coreógrafo de tarima, te pone un peugeot al lado, con la misma resultante en lo que a calidad de sonido se refiere, pero con una colección de esos temas que ponen los DJ en los pocos boliches que he visitado (siempre bajo amenaza de desabastecimiento etílico y con promesas de amaneceres dulces) con una clara intención de inflamarme las gónadas.
No comparto el sueño del lugareño, aunque no por eso soy menos santafesino. A mí los autos no me llaman tanto (mucho menos Leo Mattioli). Es que a diario veo los embotellamientos en el centro-sur de la ciudad y la idea de tener un auto se me hace bastante estúpida. Veo un plano de Santa Fe completo y la idea me sigue pareciendo poco justificada, más aún teniendo en cuenta los gastos de mantenimiento del vehículo. Yo prefiero vivir en un lugar en donde pueda llegar caminando a todos lados y, a decir verdad, con un sistema de transporte más o menos bien pensado, Santa Fe puede recorrerse de punta a punta sin consumir demasiado tiempo ni dinero. Claro que exponer estos razonamientos al sindicato de transporte bien puede costarnos la cohesión de los huesos del cráneo.
Para terminar, debo declarar que este weblog rechaza rotundamente las propuestas maradonianas. Si el señor quiere una felatio, que la pague como todo el mundo, que a él no le cuesta nada. Antes claro, deberá recuperar el miembro que se llevó puesto aquel periodista del canal América.
Mi pie izquierdo
El lunes por la mañana, a eso de las cinco de la matina, me despertó una molestia en el tobillo izquierdo que en menos de treinta minutos se convirtió en un dolor importante (si digo terrible van a decir que soy un llorón). No podía ni mover la pierna sin sentir que me estiraban la articulación en un potro de tortura. A saltitos cortos y suaves y agarrándome de todos lados fui hasta el baño e improvisé una suerte de muleta quitándole el palo al escurridor de pisos. Por un momento pensé en tomar un Diclofenac que buenos resultados me ha dado en otros momentos, pero descarté la idea a medida que el dolor se hacía más intenso.
A eso de la ocho menos cuarto lo llamé al viejo para que me acercara hasta la guardia del sanatorio. Cada bache activaba, como una respuesta involuntaria, un insulto dedicado a distintos anónimos (al viejo se lo puede insultar sólo en tren de joda, más no en situaciones serias).
Cuando llegamos vimos que había un lugar más o menos libre para estacionar en la vereda de entrada de la guardia. Digo más o menos porque había en él, cruzado como si lo hubieran parado para preguntar una dirección, un peugeot 404 muy podrido con cuatro personas de sexo masculino en su interior, dialogando lo más cómodos con otros dos extraños fuera del coche, en un dialecto incomprensible que sonaba más o menos así:
-”Cuiriqui cuiqui Quiricuí”
-”¡Eh, qué queré se sasarásasasa!”
-”¡Jajajá! La tanga”
Con mi viejo esperamos un rato. Ellos ya sabían que veníamos a la guardia porque miraron para atrás un par de veces y vieron las balizas, con toda seguridad, pero se tomaron unos minutos para terminar su onomatopéyica interacción verbal. Uno de los que estaba fuera señaló con un cabeceo nuestro auto, creo que se saludaron o algo así, y nos dejaron el lugar. Mientras yo esperaba en el auto a quien debía hacer de mi muleta viviente, el dolor iba en aumento. Pero el viejo tuvo que dar una vuelta a la manzana para encontrar una tickeadora que funcione.
Acto seguido nos dirijimos a la entrada y allí esperamos en recepción un par de minutos más (feliz día de la sanidad, de paso) y pasamos a espera, esta última bastante escueta.
Cuando el médico revisaba la articulación de mi tobillo redondo como una palta, me hizo una pregunta: “¿A qué te dedicás?”, “Soy informático”, contesté, y ahí parece que le jodí el diagnóstico. No obstante dijo que el problema se hallaba probablemente en la articulación, que el trataría los síntomas pero que hiciera reposo y que visitara un traumatólogo para que realice varios análisis más (no alcancé a comprender si debía alquilar una ambulancia, pero “muchos análisis” y “reposo” me sonaba a oxímoron). Un enfermero muy sociable me preguntó si hacía mucho tiempo que no recibía inyecciones, pregunta que me pareció por demás de indecorosa en el momento que me pasaba el algodón por las nalgas.
Así que aquí ando, inyectado, empastillado y vendado. Para ir al baño o cambiar de ambiente uso un bastoncillo que era de una bisabuela, ando con ganas de tunearlo a lo Gregory House, pero he preferido dedicarle el tiempo a la lectura mientras escucho una melange de Tom Waits, Aimee Mann, Herbie Hancock y Diana Krall.
Terminé un libro bastante interesante que rescaté de la mudanza de Eugenio. Se llama “Leer x Leer”, un compendio de lectura para estudiantes (eso explica la x en el medio de sendos leer) que editó el Ministerio de Educación en 2004 en el marco de su Plan Nacional de Lectura. No estoy seguro de que el plan haya dado resultados, pero para una persona adulta es una especie de catálogo maravilloso en donde uno puede asomarse a las obras de muchísimos autores locales e internacionales, algunos de renombre, otros no tanto, y uno puede tomar nota mental de lo que le interesaría ampliar o explayar mientras espía en cuentos y relatos cortos, poesía y fragmentos de novelas.
Por suerte tenía en el bolso El Libro de Los Abrazos, de Eduardo Galeano, que compré hace unas semanas con la idea de tener a mano algo con lo que entretenerme en esos momentos de espera burocrática en la que uno pasa la mitad de su vida en pos de todo tipo de trámites.
Estaré volviendo al trabajo el jueves, según los médicos, aunque yo no sé si aguante tanto. Habrán adivinado por la extensión del artículo que me estoy aburriendo un poco.
Una vez más reivindico la labor farmacológica de los laboratorios cuyas alquimias permiten que el dolor disminuya a casi nada más que una molestia, me río de la homeopatía ¡Tráiganme pastillas!
| Frim Fram Sauce – Diana Krall |
21 de septiembre (breve reseña según wikipedia)
Según wikipedia, el 21 de septiembre de 1728 los frailes Dominicos fundan la universidad de la Habana, por aquellas épocas las universidades necesitaban autorización real o papal y su primer nombre fue Real y Pontificia Universidad de San Gerónimo de la Habana. En 1784, en Pensilvania (Estados Unidos), comienza a publicarse el primer diario de aquel país.
En 1792, la Asamblea Legislativa de Francia proclama la primer República.
En 1866 nace H.G. Wells, escritor británico famoso por sus novelas de ciencia ficción y considerado, junto a Julio Verne, uno de los precursores del género.
En 1929 nace Hector Alterio, quien debido a la carencia del habla característica de los recién nacidos no grita “La Puta que vale la pena estar vivo” y se lo guarda para más adelante.
En 1937 J.R.R. Tolkien publica finalmente El Hobbit, una obra maravillosa y la primera que leí de la saga que se desarrolla en la tierra media. En principio era un libro que el autor había escito para sus hijos y éste pasó de mano en mano, sin que Tolkien lo supiera, llegando a Susan Dagnal (empleada de una editorial londinense) que a su vez se lo pasó al presidente de la empresa. Este último se lo dio a su pequeño hijo y la historia les gustó tanto que decidieron publicarlo.
Ya en 1950, en el estado de Illinois, nace Bill Murray, a quien ví por primera vez cuando de pequeño me llevaron al cine a ver Los Cazafantasmas y me lo hizo imaginar al Kana en situaciones ridículas en la tierra del sol naciente cunado protagonizó Lost in Translation (en 2003 aunque yo la ví considerablemente más tarde).
Otro natalicio terriblemente importante por estos pagos es el de Diego Capusotto (1961) quien actualmente conduce y protagoniza el ciclo Peter Capusotto y sus Videos.
En el 2003 la sonda Galileo finaliza su misión sumergiéndose en la atmósfera de júpiter.
El 21 de septiembre fue proclamado por la Asamblea General de las Naciones Unidas como el Día Internacional de la Paz.
En Argentina, Paraguay, Bolivia y Chile, es el día de la primavera, pero sólo en Argentina y Bolivia es el día del estudiante, aunque en Paraguay es el día de la juventud que debe ser algo parecido.
Festejen lo que quieran. Feliz día para todos.
| You Can Never Hold Back Spring – Tom Waits |




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