Un misil en mi mesa
No nos llevó mucho tiempo llegar hasta la casa de Jesús (un viejo compañero de facultad) en barrio Recoleta.
Ver en esta ciudad la cara de alguien que compartió con uno las penurias del estudiante de Sistemas en Santa Fe, es conmovedor.
Comenzamos a ponernos al día y nos encaminamos hacia Jobs, una especie de bar muy grande, lleno de mesas del tamaño de las que se encuentran en un quincho para comer asado, muchas mesas de pool y la posibilidad de pedir cualquier tipo de juego de mesa para entretenerse, cosa que se puede poner violenta después de unas cuantas cervezas y por eso antes de entrar nos hicieron pasar por un detector de metales ![]()
Mientras tomábamos nuestras Stout observaba lo grande que era ése lugar. En un entrepiso disponían de cómodas instalaciones para jugar Playstation y en el primer piso había metegoles gigantes (adaptados a mesas de pool viejas), dianas de dardos, mesas de ping pong y una cancha de arquería.
Después de comer una pizza, jugar unos partidos de pool y hacer carreras de chapitas de cerveza en una maquinita que inventó alguien que estaba muy mal de la cabeza, partimos hacia Palermo Viejo. Dimos unas vueltas y terminamos entrando en Utopía, un sucuchito que me recuerda a La Llave, atestado de extranjeros (para que aprendan a valorar nuestros antros y dejen de joder con los shoppings y los restaurantes de moda).
Allí los vimos, los misiles en las mesas, unos tubos altos con una base de madera y un grifo propio.
Lo bueno de la mayoría de las salidas que hice en Buenos Aires es que arrancamos temprano. Los bares y pubs abren a la tarde para abarcar los horarios de After Office, que se acostumbran mucho, e incluyen aperitivos, cenas y Happy Hours (hasta las 21 ó 22 horas). Así que casi siempre terminaba adobadito y listo para dormir antes de las dos de la mañana, cosa me venía al pelo para poder levantarme al día siguiente y continuar con mi vida de turista.
Otro lugar muy interesante, en el que por cierto escuché poco castellano, fue un pub inglés llamado Gibraltar ubicado en San Telmo. Allí probamos la sabrosa Antares Scotch tirada e hicimos un descubrimiento delicioso, la Gambrinus (creo que era la variedad Celtic Stout), opaca, espesa y con un sabor entre tostado y cremoso, una maravilla.
Un detalle curioso que no pude evitar observar en estas últimas excursiones. Muchas mujeres se atreven a salir solas por los bares porteños y a sentarse a disfrutar una buena cerveza, como quien para a tomar un café en Los Angelitos, de manera natural y muy fresca. Por esos lares, salir sólo no es pecado para nadie ni quiere decir que uno ande buscando más que una cerveza y punto.
Un misil en mi placard – Soda Stereo
6 comentarios
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Los misiles… destructivos
Si si, Buenos Aires es una ciudad de corazones solitarios, pero eso no quiere decir que los corazones solitarios no salgan y se queden rumiando en sus casas.
Después de tantos años de ingeniería, le consulto, qué tan complicado es armarse uno de esos misiles en la mesa de casa?
Sale bien fría la cerveza? porque de ser así, cargás 4 o 5 porrones y te olvidás!
He quedado maravillado con ése aspecto social porteño, amigo Kana.
Por cierto, señor Patricio, la cerveza no se mantiene todo lo fría que uno quisiera, porque creo que rellenaban el centro con hielo (el compañero Kana me corregirá) pero calculo que metiendo el tubo de aluminio al freezer se soluciona. Ahora, para armarlo se las va a tener que ingeniar, usted es el ingeniero.
Sí, le metían hielo y me parece que se calentaba porque tenía mucha pérdida por el vidrio, tal vez no haya sido de la mejor calidad. Sino la que queda es meterle una serpentina.
Cuando Patricio tenga los planos la empezamos a construir, todo santafesino merece una en su casa.
me gustaria saber donde puedo comprarlos si alguien sabe xfa q me diga
gracias!!!