Desrelativizar la historia (los hechos como son)
Si los pueblos no se ilustran, si no se vulgarizan sus derechos, si cada hombre no conoce lo que vale, lo que puede y lo que sabe, nuevas ilusiones sucederán a las antiguas y después de vacilar algún tiempo entre mil incertidumbres, será tal vez nuestra suerte, mudar de tiranos, sin destruir la tiranía.
Es parte del prólogo de la obra que decidiera publicar Mariano Moreno en la Gazeta de Buenos Aires, con el utópico fin de brindar al pueblo el acceso a los escritos de Rousseau.
Este y otros tantos fragmentos de material histórico invaluable pueden encontrarse en el libro “Los mitos de la historia Argentina” de Felipe Pigna.
Además de presentar una reseña histórica que más de uno de nosotros hubiera querido tener en los pupitres durante nuestra defectuosa educación primaria y secundaria, esa que nos vendió paragüitas de colores y unos French y Beruti protohippies repartiendo cintitas celestes en lugar de apostarse en la plaza del cabildo con alrededor de 600 hombres armados organizados en lo que se llamaría la “Legión Infernal”, como realmente sucedió, el libro plantea un principio que para algunos ciudadanos conservadores puede ser tabú: la desrelativización de los hechos históricos.
Este principio debería constituirse en un elemento fundamental de nuestros estudios, siendo como yo creo, el único camino a una democracia consistente.
El argentino promedio tiende a justificar los hechos según el contexto histórico y en la mayoría de los casos esto está mal.
Por empezar, me queda perfectamente claro tras la lectura de esta maravilla de obra, que no hay fin o contexto alguno que justifique el genocidio, no importa el año, ni el ejecutor, ni el ejecutado, y mucho menos acompañado de los vejamenes como los que sufrieron los tupamaros (por citar un ejemplo de tantos).
Puede resultar desalentador para algunos el leer de puño y letra de próceres que dan nombre a las calles que caminan, escritos xenófobos y contrarrevolucionarios. Esos mismos próceres hoy comparten monumentos y placas con el citado Mariano Moreno, a quien no sólo mandaron a matar, sino que además se jactaron del hecho abiertamente en sucesivas misivas morbosamente jocosas.
Página tras página no he dejado de sorprenderme (si tan sólo alguien hubiera tenido la amabilidad de despegarse un poco de los planes de estudio opiáceos que me hicieron consumir en mi juventud, mi aprecio por la historia hubiera sido otro).
Tuve la increíble idea de regalar éste libro a mi hermano, en diciembre de 2006 cuando él estudiaba periodismo y no había tenido la oportunidad de leerlo hasta ahora.
Valga este artículo como recomendación a todos los que quieren construír una democracia Argentina coherente, y no quedarse en las frases del cenutrio conservador promedio que todos los días nos tira sobre la mesa un: “Pero en Europa esto no pasa”, o por qué no, el viejo, cómplice y estúpido: “Algo habrán hecho”.


Así es, una vez dije que fue un pseudo-golpe de Estado y alguien me dijo “pero los golpes de Estado es cuando hay un golpe militar”. Sin comentarios.
¿Qué hubiera pasado si la Argentina se hubiese independizado a fines de siglo XIX en vez de principios? ¿Se hubiese independizado en un momento político más maduro? ¿Hubiese habido menos desgaste?
Para eso está la historia (con todas las ópticas), para hacerse esas preguntas y analizar qué paso dar. Los eventos del pasado por más mínimos que parezcan afectan a largo plazo a las generaciones venideras.
Pero a nuestros políticos eso poco les importa, prefieren viajar en jet privado a Brasil los fines de semana largo.