Falleció un amigo
El domingo estaba tranquilo, no pasaba nada. Y es bueno que el domingo no pase nada porque para eso son los domingos. El decreto divino más acertado fue el descanso del séptimo día.
Estaba perdido en mi lectura, en mis mates ya lavados al punto que parecían réplicas a escala de viejos aserraderos y decidí detenerme un rato para cambiar yerba y calentar agua (como haciendo una parada en boxes para luego seguir).
Mientras calentaba la pava prendí un rato la caja boba y empecé a hacer zapping. No veo mucha televisión y mucho menos los noticieros (una mala costumbre quizás, aunque no estoy tan seguro de ello).
Así, de pasada nomás, encontré el fatídico titular en Todo Noticias. Falleció Mario Benedetti.
El escritor Uruguayo en cuya redacción reconocí prácticamente a un amigo desde que cayera en mis manos La Tregua, padecía de una afección intestinal crónica que estaba siendo tratada los últimos meses. El cuadro se agravó según las noticias de último momento por una neumonía que también lo aquejaba.
La muerte lo encontró en su casa de Montevideo, capital de la patria hermana, a los 88 años.
No tengo mucho que decir al respecto, la noticia me agarró de golpe. Sobran las reflexiones. Benedetti recibió innumerables reconocimientos nacionales e internacionales por su trabajo literario y nos deja alrededor de 80 obras de poesía, cuentos y novelas.
Mario se va, pero sigue entre nosotros, como siguen entre nosotros los escritores que logran perpetuarse a través de su obra y alcanzar la única eternidad conocida por los que nos quedamos, la memoria, las historias, los relatos compartidos con un amigo de café, la palmada en el hombro que te dan con las letras los poetas cotidianos que te hablan del barrio y de las cosas que te pasan, sin caer en la mediocridad del cliché romántico televisivo.


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